MICHAEL HANEKE / ATOM EGOYAN Cine sin concesiones
Las aquí reseñadas Código
Desconocido (Haneke) y Ararat
(Egoyan) son dos de las obras más celebradas de sus directores.
El choque cultural, los prejuicios y las injusticias del pasado que aún
perduran y lastiman, son llevadas a la pantalla grande por dos autores
que tienen la cada vez más inusual virtud de mantenerse fieles
a su manera de entender el cine.
Por Óscar S.
bowien@iespana.es
Nos encontramos ante una época de migraciones
continuas, cuyos frutos enriquecen tanto como asustan a parte de la ciudadanía
occidental. Ya son parte de la rutina las constantes noticias acerca de
la inmigración, que en principio se limitaban a ser meros datos
turísticos, y ahora, más que nunca, se trata de una realidad
que ha venido para establecerse como un nuevo panorama social, sobre todo
en el denominado Primer Mundo.
Es por ello que probablemente nunca había estado tan anticuado
el término frontera, en una época de fusiones, de globalización
y de flujos constantes de información. Cuando los viajes intercontinentales,
debidos a causas de distinta índole (aunque sobra decir que la
variable pobreza es crucial), el turismo o la movilidad estudiantil se
extienden hasta lo insospechado, surgen de lo recóndito actitudes
y evidencias que ponen en clara situación de gravedad la dignidad
misma del ser humano, frente a la legalidad que se impone ante ese miedo
del que hago mención.
Pateras, muertos, ahogados, dictaduras, terroristas,
son un campo semántico que prevalece ante la inmigración,
viéndose salpicado tan sólo por (pocas) alusiones a festejos
y maneras diferentes a las nuestras de entender el mundo. Siempre bajo
un espectro poco dado a situarlos en una igualdad que legitime su sentido
mismo del vivir. Como si les faltase algo de lo que llamamos sentido común.
Concluyendo esta especie de preámbulo, se diría que en el
mundo occidental, donde los derechos y las supuestas libertades de las
personas están de moda, ya apenas cabe pensar en el altruismo.
Mientras éstas se encuentran en alza, las obligaciones,
la otra cara de la libertad, se hayan inmersas en una anticuada y compartida
visión que las asimilan a funestos momentos pasados (léase
totalitarismos explícitos), en los que dichas obligaciones habían
sucumbido a posturas retrógradas y moralismos abarrotados de hipocresía.
O lo que es lo mismo: hoy en día cada uno a lo suyo, y me importa
bien poco lo que pisoteo, lo que ensucio, lo que rompo.
RUIDOS
Llegando ya a tierra firme, y dejando de lado vaguedades
y pensamientos inacabados, quería presentaros un par de trabajos
de dos directores actuales e igualmente controvertidos que ponen sobre
la mesa esta situación. Por un lado, el trabajo de Michael
Haneke, que se presta al tema que nos atañe: el choque
cultural, los prejuicios, las riquezas y venenos propios de cada cultura,
y sobre todo el tremendo egocentrismo, que junto a la pasividad ante el
rol de ciudadano (que ofrece tanto a la persona como le exige), nos sitúa
en una realidad llena de intolerancia, llevando a conclusiones no muy
distintas de las expuestas más arriba.
No se trata de un cine en pro del mestizaje, ni de la
defensa del mundo árabe, ni afroamericano... Haneke se limita a
poner de relieve la acritud que revolotea por nuestra sociedad, como es
el caso que refleja en uno de sus últimos filmes: Código
Desconocido. La falta de tacto y la realidad que nos muestran
las distintas historias que se entrecruzan en esta película es
tremenda (con una espléndida Juliette Binoche, que quede en acta),
y genera la misma impotencia y malestar general en el espectador que la
conseguida en el resto de su trabajo como director, y que por supuesto
continúa en su última película realizada hasta la
fecha, El Tiempo de los lobos.
Historias cruzadas, con el nexo común de la incomunicación
y el desconocimiento (el título de la película en este caso
es claro y conciso), dando lugar a una revaloración de cada una
de ellas, y sobre todo, de cada uno de sus personajes, evitando a toda
costa cualquier moralismo, tal y como viene siendo habitual en el director.
SILENCIOS
Por otro lado, Atom Egoyan, que con
Ararat, recién horneada y aún
en cartelera, mantiene su complejidad y su profundo análisis de
la realidad. Con ella nos sumergimos rápidamente en un mar de cuestiones
formuladas por los propios personajes, quienes en busca de la verdad luchan
por no admitir aquello que no se corresponde con lo que pretenden creer.
Bajo la descripción de un suceso trágico como fue el genocidio
armenio por parte de los turcos en 1915 (y que dicho sea de paso, todavía
no ha sido reconocido como tal por las autoridades turcas), la película
está cargada de emotividad, sin caer en simplezas ni revanchismos
fáciles. No se trata de una rememoración sin más,
con tintes de melodrama y sutilezas de rencor. Como en anteriores trabajos,
consigue hacernos reflexionar sobre el lenguaje mismo, sus carencias,
los valores que manejamos en nuestra sociedad... y todo ello a raíz
de un control de aduanas en un aeropuerto de Canadá, donde el personaje
es retenido e interrogado por un vigilante de seguridad. Quizás
haya quien le achaque un exceso de sentimentalismo, teniendo en cuenta
que el propio director es de origen armenio. Pero si logramos levantar
ese velo de amargura, nos queda un trabajo cuya honestidad brilla por
su amplitud.Sin duda son películas distintas, aunque ambas están
marcadas a fuego por un profundo miedo: la devaluación total de
la verdad y del sentido de la ética. El convencimiento de la relatividad
de la primera, y de la necesidad de la segunda, quizás sea el único
consuelo que quede tras el visionado de estas dos películas, cuyo
entorno nos rodea, y no son nada ajenas a la vida cotidiana y a la frialdad
que ganamos día a día ante sucesos bélicos y noticias
foráneas a nuestro contexto más próximo. Las dos
nos ponen al tanto del día a día que vivimos, y sobrevivimos. |