Cine y Ética
La larga sombra
del cine
norteamericano


Sorpresa Inesperada, René Magritte

 


La larga sombra del cine norteamericano



Por Lucio Latorre
lucioteina@yahoo.es

 

A nadie escapa hoy la preponderancia que los medios de comunicación tienen en este mundo globalizado, entendiéndolos no como un simple conjunto de estaciones de radio y televisión, internet y prensa escrita, sino como industrias culturales y conglomerados multinacionales que generan enormes riquezas y a menudo forman parte de conglomerados aún más grandes. Si bien en la batalla dialéctica hay quienes prefieren hablar de globalización, quienes optan por el concepto de mundialización y los que usan la palabra occidentalización para nombrar el proceso actual por el que atraviesa el mundo, habría que hablar de americanización para ser un poco más precisos. Y acá no se trata ya de un simple gesto, por demás cómodo y poco serio, de demonizar la cultura americana en su totalidad, sino de hacer referencia, con sentido común, a una realidad evidente e irrefutable que, está claro, no es novedosa. Ya por el año 1917, el escritor Upton Sinclair decía que «gracias al cine, se unifica el mundo, es decir, se americaniza». Y no hace falta entrar en detalles para tener una idea de cuánto se ha profundizado esa americanización en las casi nueve décadas que han transcurrido desde aquel diagnóstico de Sinclair.

Las industrias culturales no sólo reflejan los procesos políticos, económicos y socioculturales, sino que cada vez más forman parte de ellos. No son sólo la correa de transmisión, sino una pieza clave del engranaje del Poder.

Y en lo que respecta estrictamente al cine, hay que decir que es en este campo donde se aprecia quizás con mayor claridad esa americanización del mundo de la que hablaba Sinclair, y también la coartada multicultural (para más detalles ver La Coartada... en este mismo Dossier) que denuncia el filósofo Slavoj Zizek, siendo esta coartada, si no un sinónimo, al menos sí algo muy parecido a lo que se entiende por americanización. En todo caso son las dos caras de una misma moneda.

Probablemente no haya nada más americanizado que la industria del cine. El star system norteamericano es, en rigor, el star system mundial. Los que allí reinan, reinan en todo el planeta. Son aclamados, venerados y observados hasta en el último rincón. Nada parecido ocurre con lo referido al cine no estadounidense. Por seguir hablando de las estrellas, ninguna figura, por poner un ejemplo, del star system alemán (o de cualquier otra país) tiene un reconocimiento internacional parecido al que pueda tener el más secundario de los protagonistas de cualquier película norteamericana de moderado éxito.

Todo esto sirve a manera ilustrativa para hablar de la influencia que el cine made in USA ejerce sobre el resto de las industrias cinematográficas mundiales. La americanización de los modos de produccióncinematográficos es notable, por no decir abrumadora. También en esto se puede hablar de un pensamiento único que impone un modelo de hacer cine caracterizado por una estética y unas temáticas y perspectivas muy específicas.

Algunas décadas atrás el mundo era parecido al de ahora, pero diferente: la industria cinematográfica estadounidense era enorme y tenía gran influencia enEl principio del placer, René Magritte muchos aspectos, pero no era la única. Hubo una época en la que desde países como Rusia, Alemania, Francia, Italia y hasta Argentina y Brasil, se generaban maneras alternativas y diferentes de hacer cine; maneras que comprendían estéticas, narrativas y hasta ideologías propias que traspasaban fronteras e influían en los espectadores y entusiasmaban a los creadores en otros países.

Sin embargo, el mundo ha cambiado y también la relación de peso de los países. Ya casi ni hace falta recordar que a partir del colapso soviético y de la caída del Muro de Berlín, el modelo neoliberal se extendió velozmente por todas partes con sus conocidas consecuencias. Se dice que hay un modelo único. También el modelo hegemónico en el cine creció respecto a los demás de manera desmedida: a partir de 1989, EEUU produce sólo el 5% de las películas que se realizan en el mundo, pero percibe más del 50% de las recaudaciones cinematográficas mundiales (1). Y esto no es casual. En la actualidad existen muchas tendencias y creadores cuyo planteamiento es contrario a los dictados del mainstream y que rehúyen los convencionalismos, y sin embargo (a excepción del Movimiento Dogma) no pasan las más de las veces de ser minoritarios y periféricos.

Otro dato, más significativo que curioso, es ver la relación que Hollywood mantiene con aquellos creadores diferentes y originales que cada tanto van apareciendo. El obtener reconocimiento en los circuitos extra-Hollywood significa para éstos el pasaporte a las grandes ligas del cine. Y si bien no todos agarran el billete, la mayoría sí lo hace. Y los resultados son conocidos: rara vez alguno de esos creadores consigue impregnar algo de su originalidad, de su manera de ver el cine, en las superproducciones. Con frecuencia se limitan a poner el piloto automático, algún que otro guiño de estilo en la dirección y a fabricar y enlatar películas siguiendo los criterios establecidos por los grandes estudios y los productores.

Hollywood no integra a esos creadores y esas otras corrientes buscando aumentar su corpus creativo, sino que los fagocita, aunque no al estilo de la recordada antropofagia brasileña de las artes, que se nutría de sí misma una y otra vez como manera de preservar su identidad y de resistencia ante el avance de los modelos culturales extranjeros. Puede decirse que, como históricamente el Estado norteamericano ha hecho con las corrientes migratorias, también en Hollywood se sigue el modelo de asimilación (por el cual los que llegan de afuera –en este caso los cineastas- deben adaptarse a lo existente) y en el cual todo lo diferente, todo lo que se sale del statu quo cinematográfico, es engullido y digerido. Y lo hacen, quizá, para no dar lugar a que se insinúen y desarrollen otros movimientos de signo distintos y al estilo del brasileño.

FORMATEANDO AL PUBLICO

Es notable ver cómo a partir de 1989, fuera de los Estados Unidos empezaron a multiplicarse las películas con una estética (cuando no también una temática y una narrativa) à la Hollywood. Y esto, lógico, tiene consecuencias, como lo es la de formatear los gustos del público para un determinado tipo de cine, restringiendo la aceptación de obras realizadas según otros cánones. Como señala Ignacio Ramonet en La Golosina Visual: «Toda obra de búsqueda formal, de autor singular, de creación original, cuando llega a una gran pantalla se tropieza cada vez más con la incomprensión, y hasta con la hostilidad, de un público que, deformado por las leyes retóricas del cine comercial, se ve súbitamente enfrentado a un lenguaje extraño». Inapelable.

Por último, y a manera de conclusión, cabe decir que no se trata aquí de condenar sin distinciones al cine norteamericano porque quede bien ante ciertos sectores y ciertos lectores; es de Perogrullo señalar que la industria americana ha generado verdaderas joyas de la cinematografía y que en ella han hecho carrera muchas de las figuras más importantes; o admitir que tanto su estética como sus modelos narrativos tienen muchísimos puntos positivos. Se busca, más bien, contribuir a una llamada a la conciencia colectiva no ya para rechazar en plan boicot (la cual sería estúpido) el cine norteamericano en su totalidad, sino para recordar que tenemos el derecho de reclamar otros cines, con sus propios universos simbólicos; de que la diversidad (en lo artístico como en todos los planos de la vida) es siempre más conveniente y saludable que estar escuchando todo el tiempo la misma voz.

En definitiva, que el cine no es sólo mirar sino también observar.