Invitación al viaje
Por Rubén A. Arribas
tiempohuella@yahoo.es
¿Trabaja siempre aquí?
No, cambio mucho de sitio. A veces trasladar los papeles a otra habitación, sobre todo si estoy embarrancada, me anima, me hace el mismo efecto que viajar a otra ciudad, y como viajo poco...
¿Por qué? ¿No le gusta viajar?
Sí me gusta, pero nunca me lo propongo; para viajar necesito un estímulo. Creo que los viajes tienen que salir al encuentro de uno, como los amigos, y como los libros y como todo. Lo que no entiendo es la obligación de viajar, de leer, ni de conocer a gente, basta que me digan «te va a encantar conocer a Fulano» o «hay que leer a Joyce» o «no te puedes morir sin conocer el Cañón del Colorado» para que me sienta predispuesta en contra, precisamente porque lo que me gusta es el descubrimiento, sin intermediarios. Ahora la gente viaja por precepto y no trae nada que contar, cuanto más lejos van menos cosas han visto cuando vuelven. Los viajes han perdido misterio.
No dice él, no lo han perdido. Lo hemos perdido nosotros. El hombre actual profana los misterios de tanto ir a todo con guías y programas, de tanto acortar las distancias, jactanciosamente, sin darse cuenta de que sólo la distancia revela el secreto de lo que parecía estar oculto.
Viajar, verbo activo y capaz de evocar como pocos. Muchos escriben, muchos viajan; y, sin embargo, no todos sienten la necesidad de conjugar estos verbos de la misma manera. ¿Qué es viajar? ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué alejarnos del lugar donde vivimos? La vez pasada era Ismael, el narrador de Moby Dick, quien respondía esta cuestión. Melville, experimentado ballenero, daba su punto de vista al comienzo del libro: hay días en que la nívea obsesión está sobre los hombros, varada bajo el sombrero; otras veces, nada en el mar y desboca la monomanía de su perseguidor. Cuando viajamos, nuestra sombra también se traslada; sin darnos cuenta, retira su cortina a un lado y aparecen posibilidades que antes no veíamos. Este sencillo fenómeno paranormal vale su peso en oro, pues el ojo humano se obstina sobre aquello que desea y se resiste a desconectar la barrera de seguridad contra lo imprevisto. Es mucho lo que dejamos de ver si nos domina la ansiedad por controlarlo todo, si nos empeñamos en aplicar a cuanto nos sucede la ley de la gravitación universal, o la del reloj, o cualquier otra ley que acatamos sin discusión... sin tener en cuenta que las cosas se rigen por su propia ley, que además el azar trastorna. O al menos eso daba a entender Carmen Martín Gaite en otro pasaje de El cuarto de atrás.
No es fácil mudarse de lugar, sobre todo cuando alcanza para más de unas semanas. En dicho caso, es incipiente la brecha frente al pasado, y la distancia terrestre se convierte en una cuestión secundaria. En ese mismo libro, Gaite comenta que gracias a una beca de estudios salió por primera vez de Salamanca y vivió una temporada en Coimbra (Portugal); pese a la pequeña distancia entre las dos ciudades, cambiar de entorno y de país fue casi como viajar al fin del mundo. Muchas veces bastan unos pocos kilómetros. Otras no, conviene alargar las distancias. Cerca o lejos es relativo a la geografía emocional de cada uno; la distancia física, mucha o poca, importa menos. Cuando el viaje sale al encuentro, sólo queda hacer la maleta y partir, pues hay una capa que espera ser arrancada por el cuchillo de otro lugar... Entre medias, por supuesto, la ciudad y su arquitectura, el país y su historia, y esas otras direcciones adonde apuntan la inútiles guías turísticas al menos para esta clase de viajes. «Tu destino está en los demás / tu futuro es tu propia vida / tu dignidad es la de todos». Eran Palabras de José Agustín Goytisolo para Julia; son, en realidad, palabras para todos. La gente y su paso como el nuestro, transitorio y a veces poco decidido, constituyen el viaje real y misterioso. En la cara del otro aguarda el matiz que echamos en falta para desequilibrar lo rutinario o encontrar armonía entre la incertidumbre; ahí reside el goce del descubrimiento, en lo humano que nos devuelve un guiño a nuestro esfuerzo por avanzar sin rumbo. Cuando viajar es emprender un camino hacia lo desconocido, o no se regresa, o quien regresa ya no es el mismo. «Tú no puedes volver atrás / porque la vida ya te empuja / como un aullido interminable». Cada decisión nos deja a la intemperie, sin retorno. El prójimo siempre será un límite hacia quien aproximarse: su aullido y el nuestro nos guían en la oscuridad que nos separa. El placer es descubrir; por tanto, como dice uno de nuestros invitados en la sección de literatura de este número, que el afán sea el viaje y no la llegada.
El texto del principio está tomado de:
El cuarto de atrás, Carmen Martín Gaite
Ediciones Destino, 1978
ISBN: 84-233-0960-6

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