Invitación al viaje
Huesca
Gastroitineritis

 

 

 


A
Huesca (pasando por Teruel)

Por Santiago Parres
sparres@hotmail.com

 


[Esto no pretende ser una guía para viajeros, es lo más alejado de un itinerario a seguir. Es simplemente el relato de un viaje relámpago e improvisado]


El fin de semana no se presentaba muy prometedor. Por eso, cuando Marcos me llamó de repente a mediodía de un viernes, diciéndome que se iba a la aventura, le pregunté que hacia dónde íbamos. A la aventura, repitió. A las cinco y media estaba debajo de mi casa, puntual por primera o segunda vez en su vida; había trampa: tenía que volver a su casa a por algo de abrigo.

-¿Quieres ir a algún sitio en especial? –me preguntó.
-Había pensado en Toledo –dije.
-Yo había pensado en Huesca –dijo él.
-Pues vamos a Huesca, hace tiempo que quiero ir.

Y pusimos rumbo a Teruel, conscientes de que había que hacer un alto en el camino para dormir, ya que ni él ni yo tenemos vista de ave nocturna y nos quedaban aproximadamente dos horas de luz. Cebamos el depósito del Peugeot 309, que debe de haber cumplido ya los dieciséis.

Me suele recordar Marcos que desde el primer viaje que hicimos a Zaragoza, cuando puso su coche en mis manos, éste no ha vuelto a ser el mismo. Yo argumento que un buen piloto ha de saber poner a prueba una máquina, o bien le digo que todo se debe a su imaginación, pero no dejo de preguntarme si en realidad forcé en exceso su coche; porque también se nos hacía de noche, me digo para atenuar la culpa.

Teruel lo conocemos. Cada uno por separado ha estado allí en las fiestas de verano; incluso coincidimos un día. En mi caso, dormía en Bronchales, en la casa de veraneo de un amigo, el cual se olvidó de recogerme el segundo día, después de la fiesta nocturna. Ahora que recuerdo mejor, fui yo quien se olvidó de nuestro trato de acudir a determinado lugar a las horas en punto si por una casualidad nos perdíamos. A las 9.00, el coche de mi amigo ya no estaba donde lo habíamos dejado. Casualmente, yo me perdí con una guapa turolense que ni se acordará ya de mí. O sí. Aquello me sirvió para conocer la ciudad, pues ya de día recorrí sus calles en vano una y otra vez, en busca de alguien conocido que me dejara aunque fuese dos metros de suelo para dormir. Aquella vez podía esperar el tren a Valencia durante dos horas, o cinco horas el autobús que me habría llevado al pueblo donde tenía mis cosas de viaje y alguna vez tuve un amigo.

Esta vez no había lugar para la deserción. O si había lugar, no demasiados motivos. A unos diez metros de la Plaza del Torico (a quien haya estado no le cabrá duda de por qué lo llaman torico) encontramos una habitación. Me había preguntado Marcos si soy escrupuloso con las habitaciones, y yo le contesté que no, mientras no hubiera más animales que nosotros.

Antes de las 21.00 vamos a aparcar a un sitio seguro. Después de dar unas cuantas vueltas, preguntándonos dónde deja la gente los coches si todo está prohibido, encontramos un hueco, justo delante de donde íbamos a cenar. Que un restaurante con cuatro mesas en el piso de arriba y tres en el de abajo no se llene, es algo a lo que no estamos acostumbrados en Valencia. Cenamos como leones, con vino de la casa y algunas cervezas para rematar, y el último plato de zarajos se lo ofrecemos a la mesa de al lado, que son de Barcelona y nos explican cómo llegar a su ciudad, porque aún no tenemos claro dónde acabará nuestro itinerario. Antes de salir preguntamos a un par de chicas, que han llegado cuando se han ido los otros, por dónde puede ir uno a divertirse. Nos dicen que el viernes dudan que encontremos animación. Habríamos preferido que nos guiaran, pero se van antes que nosotros.

Así es que vamos a los sitios conocidos, y lamento, de nuevo, no tener conmigo la cámara de fotos para dar constancia del váter más indecente de Aragón y tal vez de España: mixto, sin puerta, sin retrete, es más una letrina de cuartel derruido. Nos asomamos a todos los garitos, y ninguno parece querer destacar sobre los otros en cuanto a afluencia de noctámbulos, excepto el de heavy metal del que acabamos de salir. Vamos llevados por las luces de uno a otro, y acabamos en uno simplemente para dejar de seguir andando. Allí acabaré abrazado a una mujer madrileña que no me hace ascos y se ríe bastante con nuestro estado, incluso cuando recuerda que tiene tres hijas.

Me despertó Marcos haciendo ruidos, instándome a levantarme porque a las doce teníamos que dejar la habitación, y al final de la noche habíamos vuelto a estacionar el coche en el lugar más cercano que pudimos, en zona prohibida. Me hago el remolón y oigo a una de las camareras abrir con una llave, pedir perdón y salir. Aún insistirá, un rato después, antes de que dejemos libre el lugar. Voy todo lo que queda de mañana arrepintiéndome por haber trasegado con licores de diferente pelaje y graduación. Sigue conduciendo él, lo cual no sé si es un alivio o un martirio, porque el coche es brusco para todo, y en especial en el despegue y en las marchas cortas. En Zaragoza capital mis intestinos son un caballo del tiovivo, y por momentos me gustaría parar a estirar las piernas, pero me lo callo. En uno de esos semáforos me llevo las manos a la boca, y nada más arrancar tengo tal cara de agonizante que Marcos corre a arrimar el coche a la acera. Aún no ha parado y me libero de todos los males mientras oigo al asfalto suplicar clemencia. Seguimos la marcha rumbo norte, y me pregunto por qué no lo hice antes, seguramente porque he creído morir un poco siempre que he vomitado. A todo esto, Marcos va con el estómago vacío también, pero porque él no lo ha llenado como yo con un dulce de los que llevaba en el abrigo. Tardaremos todavía unos cuantos kilómetros en parar a comer, y lo hacemos en Zuera, en el segundo restaurante donde lo intentamos. Antes de eso nos prometemos volver a hacernos una foto junto a un grafitti inigualable que representa el rostro de un hombre mayor. No sabemos quién es, nos suena la cara, pero quedamos en volver. Comemos, al fin, en Las Galias, restaurante bueno y caro con hotel, con piscina privada y sin salón de té. Para postre, un pastel ruso que nos sugiere uno de los camareros, quien me mira con cierta fijeza desde que he usado un cuchillo a modo de micrófono para imitar a alguien que oíamos por los altavoces. A éste le preguntaremos dónde conseguir ese pastel tan fino y vistoso. Mientras tomamos café y un orujo por gentileza de la casa, envío unos mensajes a la gente que puede estar echándome de menos en Valencia. Les digo, como solemos acá en estos casos, que ha sido pensat i fet.

A Huesca llegaremos a media tarde, y en el coche nos disponemos a poner en práctica la idea que tuvimos mientras comíamos: buscar una casa rural a un precio sin competencia. Encontrar la Oficina de Información nos ha costado bastante, pues nuestro sentido de la orientación parece bastante aturdido desde que dejamos Teruel. En dicha oficina nos proporcionarán toda clase de planos, mapas y guías de alojamiento. Tras pasar un buen rato reduciendo el cerco en el mapa de Huesca para no alejarnos mucho de la capital ni de nuestro capital, hay tres casas rurales que parecen ajustársenos; de ellas, dos teléfonos parecen ser privados o estar conectados a un fax. En el número donde finalmente atienden, no nos alquilarían la casa por menos de dos días y 22.000 pesetas (todavía pienso en moneda del siglo pasado), pero no tenemos tanto tiempo ni somos tan generosos con los desconocidos. Ellos se lo pierden, nos decimos. Tres cuartos de hora perdidos para nada, y las piernas pidiéndonos actividad. Vamos hacia el centro en busca de un hostal; parece que haya uno en cada lugar hacia el que miras. Pienso que esto sólo se explica por la cantidad de esquiadores que deben de hacer noche en la ciudad, porque el número de hostales en una ciudad de 50.000 habitantes es excesivo. En el primero que preguntamos, uno de varias plantas bien nutridas, les queda una habitación triple que nos pueden dejar como si fuera doble. Ahí nos quedamos.

Desde que partimos de nuestra ciudad, el cielo no se ha clareado en ningún momento. Por lo visto, todo el país está cubierto de nubes grises. Pero ni una sola gota, lo que hace que todo tenga un aspecto un tanto sombrío, y también que no haga tanto frío como esperábamos. No sabemos qué hacer allá; no habíamos planeado nada y no conocemos la ciudad, y si la conocimos no nos acordábamos, así que empezamos a deambular por El Coso, por los Porches de Galicia, frente al casino que creemos que es, dada su luminosidad y apariencia, el ayuntamiento, hasta que nos sacan de dudas dos cosas: ver un amplio bar de techo altísimo, y las palabras de un trabajador del mismo.

Hay carteles anunciando una exposición colectiva acerca de las banderas, auspiciada por la Diputación Provincial, y al poco de verlos, por casualidad, pasamos por la puerta. Entramos al calor de la sala, y compruebo una vez más que el arte moderno, en muchas ocasiones, es demasiado moderno para mí. Cierta vez le dije a un amigo que yo era un adelantado a mi tiempo, de ahí que nadie pareciera entenderme. Él dijo que sí, que adelantado o tal vez atrasado, pero que algo había, y al ver alguna de las muestras de lo que algunos llaman vanguardia artística, creo que definitivamente aún tengo que vivir muchos años para llegar a disfrutar del arte que hacen mis coetáneos, o para entenderlo al menos.

Marcos propone un cine, y creo que lo hace a sabiendas de cuánto me defrauda el cine de las salas comerciales. Aun así, le digo que podemos probar. Entramos a una de las concurridas pastelerías del centro para preguntar por las salas de cine. Una confitera muy amable nos dibuja un escueto plano para que encontremos los dos cines de la ciudad. Creo que sería injusto generalizar diciendo que los oscenses son más amables y generosos con su tiempo que nuestros convecinos. Pero el caso es que allá donde preguntamos una y otra vez, todos quisieron ayudarnos desinteresadamente, con una sonrisa y ese acento que los caracteriza. Nos dice la misma confitera que en Huesca no hay nada lejos, que todo está como mucho a un cuarto de hora. Y tiene razón. Quizá por eso no vemos a nadie colgado del teléfono móvil. Pero estando todo al alcance de las piernas, nos perdemos una y otra vez a cada lugar que buscamos. Al final no nos seduce el cine y nos dedicamos a recorrer el casco viejo, donde parece que los inmigrantes han encontrado su lugar. Por el centro y por la Plaza de Navarra pasea una cantidad de gente que hace dificultoso caminar, y no dejan de llegar autobuses cargados hasta los topes, tal vez de la nieve o de ver el mar más cercano. Cosas del sábado, pienso.

Deambulamos un buen rato y parece que ya hemos pasado por todas las calles. Entramos a cenar a un restaurante que ofrece un menú a 15€ y otro a 9€. Esto de que un sábado se pueda cenar de menú es algo que nos sorprende, pero ya hemos constatado que en Huesca es habitual y está extendido, según anuncian casi todos los restaurantes a la entrada. Ya sentados, decidimos que no tenemos ánimo para salir después. La noche del viernes fue dura, el sueño corto, el viaje largo. En la habitación aprovecho para leer los primeros capítulos de El quimérico inquilino, de Roland Topor, y a las 23.30 estoy cubierto de mantas hasta la nariz y con los pies helados, anhelando un descanso que necesito desde que abrí los ojos por la mañana. Tenemos la desgracia de alojarnos enfrente de un pub, y se suma a mi pesar que la cama está inclinada hacia un lado, o, mejor dicho, es el suelo el inclinado. Entre eso y las canciones estúpidas de alguna adolescente (la estupidez no es patrimonio de ninguna edad ni condición, pero es lo que me ha tocado en suerte), mi noche del sábado va a ser memorable para mal. Le lanzaría algo contundente desde el balcón si estuviera seguro de acertar. Con todo, soy el que primero se despierta, y con el cuerpo maltrecho por el tamaño de la cama, apropiado quizá para alguien que hubiera nacido un siglo antes que yo. El hostal no nos ofrece desayuno por falta de personal, así que andamos unos metros hasta el café Luces de Bohemia, donde en un diario descubro que nos atrasaron la hora sin avisar. No está mal lo de tener una hora más, pues nos queda pendiente ir a un mirador, que en una postal que tenemos promete fotos bastante espectaculares. Pero por primera vez desde que salimos nos llueve sin interrupción, y la niebla es abundante y plomiza. Sí que podemos, en cambio, correr hasta el Museo de Huesca (Antigua Universidad Sertoriana y Palacio de los Reyes de Aragón), donde a lo largo de ocho salas podemos contemplar utensilios procedentes de hallazgos arqueológicos del hombre a través de su evolución por la península, y obras de arte a partir del siglo XV. Muy bien planificado y acondicionado, allí es donde hago la primera de las dos fotos de todo el fin de semana, sin saber si está permitido. Tras empujarme al patio me harán también una foto, y hace tal frío que se me olvida poner cara de tarado. A la salida preguntamos a la empleada cómo se puede llegar a un par de pastelerías que nos han recomendado. Ella mira el plano y se sorprende al no encontrarlas, asegurando que lleva «un paquete de años» viviendo en la ciudad, expresión que se nos quedará para futuras gracias. Para llegar a las pastelerías damos un par de vueltas a Huesca, equivocándonos como nadie, y al fin llegamos a una de ellas, que está a unos 50 metros de donde dormimos, y por delante de la cual pasamos ocho o diez veces. En Ascaso compraré un pastel ruso que me envuelven, porque sí, como si de un regalo se tratara. En otra pastelería compraremos unas trenzas de Almudévar que tampoco son tontería. Cada pastelería con su especialidad, ésta parece ser la ciudad del dulce, y agradezco no vivir en ella porque sería capaz de doblar mi peso en poco tiempo.

Partimos de vuelta, y me quedo con ganas de visitar esos pueblos abandonados que vi hace unos meses en un documental, donde no me importaría vivir, aislado y lejos del tráfico y el aire dioxidado, a cargo de un rebaño o sin él, escribiendo relatos que nunca leyera nadie o tal vez la novela que me sacara de miserable. El tiempo apremia, y nos quedamos con las ganas de ver muchas cosas que sabemos que se nos escapan en un viaje relámpago.

Conduzco yo. He dormido mal, pero prefiero conducir que estar varias horas estático en el asiento de al lado. Durante un paquete de kilómetros discutimos acerca de la música que debemos poner. Creo que a ninguno nos molestan en exceso las preferencias del otro, pero nos hacemos valer los dos. Él rehúsa escuchar la cinta que grabé el viernes, a última hora, para el viaje. Yo no soy capaz de escuchar las mismas cintas que lleva desde hace meses en la guantera, que en todos los coches se llama guantera porque es ahí donde se guardan las cintas o discos, las gafas, los manuales de entretenimiento del coche, la botellita de agua, los trapos para limpiar los cristales, un bolígrafo que raramente funciona, la cámara de fotos, un paraguas pequeño, y alguna que otra persona ha llegado a guardar sus guantes.

No recuerdo en qué pueblo, entre Zaragoza y Teruel, entre montañas, la niebla se puede agarrar con las manos e impide ver a diez metros más allá de las narices. Poco después, todo está claro como si alguien hubiera cargado la niebla en una pala para abrirnos camino. La foto junto al grafitti de Zuera la dejaremos para otra ocasión, con más tiempo o más ganas. Paramos a comer en un bar de carretera, donde parece que no han barrido en las últimas semanas. Nos conformamos con un bocadillo. Marcos me recrimina que tire un hielo del refresco al suelo, hielo que por cierto nunca pido. Miro hacia abajo: un río de servilletas arrugadas, colillas, objetos indeterminados... y tiro un segundo hielo. Seguimos nuestro camino por la carretera nacional, subiendo, bajando, adelantando. Nos preguntamos por qué la gente conduce tan despacio por esas tierras, a pesar de llevar vehículos más potentes y seguros. Puede que porque lo tienen todo más cerca. Poco después de dejar atrás Teruel adelanto a un coche en una subida, voy a meter la quinta y veo que no entra. Vuelvo a atacar con la cuarta y tampoco entra, le grito a Marcos, que se ha puesto una radio con auriculares, que ponga los intermitentes de avería, y me arrimo al arcén. Comprobamos que el cambio de marchas está inutilizado, y por primera vez en mucho tiempo veo a Marcos cabreado; él tiene que trabajar el lunes, yo no. Llama al seguro, y para nuestro alivio le ofrecen un taxi hasta su casa, cosa que celebro haciéndole la segunda foto desde el arcén opuesto. Pese a todo, se niega a posar.

Salimos de Valencia en un Peugeot 309 y haremos entrada triunfal en un flamante BMW. El taxista resulta ser un melómano, y a nosotros nos pasa lo peor que le puede ocurrir a un hombre: estamos condenados a oír una emisora que detestamos, sin escapatoria, sin valor para estrangular al conductor. Desde Teruel a Valencia se sucede una retahíla de personajes que cantan en español, con canciones totalmente intercambiables y posiblemente escritas por niños de cinco años sin talento; cualquiera de ellos podría cantar los temas del siguiente o anterior intérprete, y nadie notaría la diferencia. Intuyo que Marcos y yo escucharíamos ahora con sumo gusto las cintas del otro sin rechistar, y hasta corearíamos las canciones en el estribillo, pero el conductor, que en las curvas cerradas se remueve en su asiento como si pilotara una Suzuki 500 en el gran premio, parece el ser más feliz del mundo con su emisora, que por momentos pierde la señal entre las montañas pero vuelve a aparecer como un fénix infernal. Siempre nos quedará lanzarnos en marcha, pienso, tanto por el martirio auditivo como por la conducción mil lagos de este Carlos Sainz frustrado, que se pega al culo del coche de delante cuando huele la posibilidad de adelantamiento. A la altura de Port Saplaya veo por primera vez el mar, y por aquellos azares que te hacen pensar en la magia y en que el mundo recupera su cordura, al pinchadiscos de la emisora se le ocurre poner Mediterráneo, de Serrat. Al fin un poeta de verdad, después de 140 kilómetros de curvas.

El loco del coche rojo nos deja a la puerta de mi casa, donde hacemos el reparto de pasteles y le enseño a Marcos cómo trata a mi coche achacoso. Ni ganas tenemos de hablar del viaje de vuelta.