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Texto de Fernando Aramburu
(seleccionado por Rubén A. Arribas)
—Este es mi domicilio
actual.
Asombro y pena me invadieron tan pronto como advertí que se refería
a su automóvil, aparcado detrás de un herrumbroso contenedor.
A falta de un neumático, tenía una llanta falcada con
ladrillos. De las dos puertas sólo podría abrirse la del
lado del conductor y por ella entramos. La otra estaba atada con cuerdas
a la base de un asiento. En la parte trasera se amontonaba, casi hasta
el techo, ropa, víveres y cachivaches. Cubiertos con una manta,
los asientos de delante constituían la cama, demasiado corta
para yacer en ella sin encogerse. Nos sentamos, yo junto al volante,
y como le faltara sitio a Josu Ruiz donde acomodar las piernas, tomó
del suelo una balumba de cómics, y diciendo que me los regalaba,
los puso sobre mi regazo. Una fina capa de nueve cubría las ventanillas,
reduciendo a una vislumbre el resplandor de los faroles y luminarias
de la calle. Olor a chotuno, oscuridad y frío reinaban en el
angosto habitáculo. Josu Ruiz me convidó a queso y pan
que tajaba con la navaja, sin preocuparse por las migas que caían
en abundancia sobre la manta. Rehusé por asco. Cerca de una hora
estuve con él, oyéndole franquearse con palabras no muy
distintas de éstas, que resumo sin punto y aparte:
—Aquí donde me ves, hijo de un podrido empresario, llevo
siete días habitando en esta lata vieja. Otra casa no tengo.
Patrimonio, el que ves. Mi familia eran unas figuras de humo, creo recordar
que muy estiradas. Mi país, un corral de gallos donde el hedor
a carne quemada no me deja respirar. Hasta hace poco yo analizaba con
ahínco el comportamiento y las obras de los hombres. Quería
mejorar. Quería enriquecer mi conciencia. Hoy los hombres pasan
a mi lado, los miro, eso es todo. Tendrías que ver cómo
irrita mi presencia a los vecinos de estos alrededores. No me lo dicen
a la cara. Se paran en la acera, hablan en voz alta para que yo oiga
desde aquí sus protestas, pero en el fondo no saben cómo
forzar mi marcha. Estos burgueses quejumbrosos necesitan siempre al
matón a sueldo que les solucione los problemas. Apelan a la autoridad,
invocan no sé qué normativa higiénica del ayuntamiento,
amenazan con avisar a la grúa. Y tras despotricar un poquito
contra la democracia, que en realidad está hecha a su medida,
se dispersan confiados en que, si no mañana, pasado o al otro
la policía, los bomberos o alguien, no importa quién,
vendrá a devolverles la tranquilidad que yo les robo por el mero
hecho de estar aquí. El contenedor, en cambio, no les molesta,
aunque rebosa de desechos y de la basura que algunos lanzan por la noche
desde la ventana. Cualquiera podría partirse la crisma con el
solivo que sobresale hasta media acera. Les trae sin cuidado. A ellos
lo único que les altera el sueño es la proximidad del
infortunio. Me consideran un hombre caído en desgracia y temen
el contagio. Sospecho que si a alguno se le queman las lentejas o se
le rompe un plato, me echarán la culpa y bajarán en tropel
a lincharme, encabezados por la vieja que todas las mañanas cuando
vuelve del Buenpas con el misal en la mano, no pasa de largo sin sacudirle
una patada al coche. Quiero que sepas, Hilario, que mi pobreza actual,
por supuesto es voluntaria, es el primer paso en el camino que, como
Buda en su tiempo, espero me conduzca a un modo de vivir basado en la
autenticidad. Aún ignoro en qué consistirá la autenticidad,
pero sé que hay dentro de mí un juez implacable que me
llamará al orden cada vez que un desliz, por ligero que sea,
me aparte de mi designio. He tomado la firme resolución de regresar
al punto cero, a una desnudez idéntica a la inicial. Sólo
entonces podré afirmar que soy mi propia obra, el dueño
único de mi suerte hasta donde lo permita nuestra frágil
condición humana. A Centroamérica llevaré lo imprescindible:
ropa, calzado, alimentos para el viaje. Libros u objetos culturales,
ninguno. Pues no ignoro que por medio de ellos esta mediocre civilización
mercantilista, con la que pronto no tendré nada que ver, canta
sus ponzoñosas excelencias y se expande, a menudo jugando a criticarse.
Mis escritos tampoco viajarán conmigo. Me niego rotundamente
a ser el buey de tiro de mis propios testimonios. Por otra parte, también
me lleva a Nicaragua el deseo de perfeccionar mi idioma. Te lo digo
sin ironía. Me familiarizaré con nuevos modismos y palabras,
pondré empeño en asimilar esa modulación cadenciosa
de las frases, propia del habla hispanoamericana, que a ti no sé,
pero a mí me suena a música en comparación con
la fonética tosca y sin gracia que berreamos por acá.
Te aseguro, Hilario, que por muy provechosos que hayan de ser mis servicios
a la nación que va a acogerme, no alcanzarán a pagar una
décima parte del favor que supondría para mí que
el pueblo nicaragüense llegará a transmitirme su habla.
Dondequiera que me toque residir, me cuidaré de que nadie me
llame Josu. Ni siquiera mi nombre quiero llevar conmigo. Pronto seré
Alfredo, Lucas o Matías, qué más da.
Fuegos con limón,
Fernando Aramburu
Edición original en lengua española publicada por Tusquets
Editores,
S.A.Barcelona
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