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Textos de Martín López - Vega

(seleccionados por Jesús Jiménez y Rubén A. Arribas)

Los nombres del mundo

[...] Uno aprende cosas así de los idiomas; la saudade del portugués, o esa asociación extraña que hace apenas un breve matiz fonético separa en árabe la palabra perro de la palabra corazón, o que en checo la misma palabra, zavazadlo, sirve igual para decir maleta que equipaje, lo que nos hace simpatizar con una lengua por la que, al parecer, hay que andar ligero de peso.

Pero, anécdotas aparte, lo cierto es que cada idioma es la llave de una cultura, de una forma de ver y mirarnos. Y a uno siempre le ha gustado abrir todas las puertas, mirarse de todas las formas posibles.

La vida merece la pena porque podemos viajar en los trenes, en los amores y en los libros; porque podemos leer los paisajes, los cuerpos y las páginas.

De todos mis viajes guardo multitud de fetiches: posavasos, billetes de metro, fotografías, servilletas, entradas de museos, cosas que otras manos escribieron para mí, y también muchos libros. Creo que casi siempre, al dejar una ciudad, he subido al tren o al avión con un libro muy parecido a éste: antologías de poesía de cuatro o cinco mundos, gratas misceláneas que hablaban, en uno u otro idioma, de las cosas que quedaban atrás, de las que ya esperaban demasiado lejos, y también de las que esperaban y de las que no encontraría nunca.

(Extraído de Equipaje de mano, Acuarela libros, 2000)

La forma externa
El viento no puede ser visto.
Tampoco un eco en las montañas.
Y, sin embargo, todo lo juzgamos
por su apariencia externa.

(Shinkei, poeta japonés, versión de Martín López-Vega, Equipaje de mano, Acuarela libros, 2000)

Camões se dirige a sus contemporáneos
Podéis robármelo todo:
las ideas, las palabras, las imágenes,
y también las metáforas, los temas, los motivos,
los símbolos, y la primacía
en los dolores sufridos de una lengua nueva,
en el entendimiento de otros, en el coraje
de combatir, juzgar, de perderme
en asuntos de amor para los que estáis castrados.
Y podéis después evitar citarme,
suprimirme, ignorarme, aclamar incluso
a otros ladrones más felices.
No importa nada; pues el castigo
será terrible. No sólo cuando
vuestros nietos no sepan ya quiénes fuisteis
y tengan que conocerme a mí mejor
de lo que vosotros fingís no conocerme;
todo, todo lo que laboriosamente robáis,
reverterá en mi nombre.
Y será contado como mío,
incluso aquello poco y miserable
que, vosotros solos, sin robar, habéis hecho.
Nada tendréis, nada: ni los huesos,
pues un esqueleto vuestro será buscado
para pasar por mío. Y para otros ladrones,
iguales a vosotros, de rodillas, le dejen flores en la tumba.

(Jorge de Sena, poeta portugués, versión de Martín López-Vega, Equipaje de mano, Acuarela libros, 2000)

DIZIANI

Llegué a la aldea una tarde. Vi aves alejándose
por el cielo hacia lo oscuro,
ancianas que volvían apresuradas a casa
dejando la ropa húmeda en el lavadero,
tabernas cerradas, caminos bruscamente
cegados, puertas y contraventanas selladas,
un niño que lloraba en una casa, no sabía dónde.
Pregunté quién llegaba. Me dijeron:
Es el invierno. Pensé que fuera el amor.

(Extraído de Mácula, Martín López-Vega, ediciones DVD)

CIUDAD FANTASMA

Soy como una ciudad fantasma
a la que en la noche, de pronto, llegara un viajero extraviado.
Es la primera vez que ve estos muros, estas calles;
sin embargo, todo le resulta familiar,
recuerda cosas que le sucedieron en lugares muy concretos.
Cada noche el viajero, enloquecido por las visiones, se suicida.
Cada mañana yo despierto encerrado en su cadáver.

(Extraído de Mácula, Martín López-Vega, ediciones DVD)

PASSEIO ALEGRE

A Eugénio de Andrade
A la tarde, el mar en calma es un jardín zen
el que alrededor de las rocas se dibujan
las ondas de las horas que crecen
hasta desaparecer

(Extraído de Mácula, Martín López-Vega, ediciones DVD)

MAL DE ÁFRICA

La luz se filtraba por las persianas
Dibujando en las paredes sueños de otros.
Era agosto: el aire traía no sé qué males
De África o del océano. Las mujeres se sentaban
A las puertas de las casas, y en la sombra
Espiábamos el paso del verano.
Los mosquitos danzaban enloquecidos.
Hubo barcas que cruzaron el río aquel año:
Muchachas con olor a manzana, extranjeros,
Rostros sin nombre. Qué quedó de ellos
No me lo preguntéis: lo poco que de ellos habéis visto,
Yo os lo traje. Más no sé. Algunos
No volvían de la otra orilla hasta la tarde,
Y ya eran otros.

(Extraído de Mácula, Martín López-Vega, ediciones DVD)

ENCUENTRO (FORTUITO E IMAGINARIO) CON JOSEPH BRODSKY EN MOJÁCAR

El día puede hacerse de cosas así —estas construcciones
que imitan las casas no sé si de Grecia o de Túnez,
las palmeras rebosantes de dátiles, el mantra del mar.
El día sí, pero no el poema. En el poema
debe llover siempre (pero sin decirlo): aunque el día sea luminoso,
en su poema debe caer toda la lluvia del pasado. ¿Lo ves?
Hoy es así, día de luz, estás en la playa, pero conmigo,
si yo estuviera aquí realmente, hablarías de Roma, de la Porta San Pancrazio
—intercambiaríamos impresiones como si volviéramos, los dos, al Bar Gianicolo.
Siempre debe llover en el poema; pero la lluvia
debe oírse, no decirse. Y aunque esa lluvia
te empape de melancolía, en el poema debes sonreír,
sin que se oiga tu risa; un vago deje irónico,
una forma de mirar las cosas con distancia.
Y aunque hable de cosas muy concretas —este día de sol—
debe ser símbolo que no se diga de algo que en verdad importe:
no he de decirte el qué. Y como la respuesta
no la alcanzamos nunca, en el poema siempre habrá
unas gotas de misterio. Así el poema
reflejará acertadamente el día.
No una fotografía del día: una radiografía del día.

(Extraído de Mácula, Martín López-Vega, ediciones DVD)

MANDALA

Aquellos a los que amé
no sé qué viento extraño los dispersó por el mundo.
Ignoro
en qué cruce de caminos habrán encontrado la suerte,
a la orilla de qué río la ternura,
qué cantidad de pasos les quedará en el mundo.
Las caricias que di
no recuerdo en qué cuerpos de humo se quedaron.
Aquella mujer que tenía un sol tatuado en la pantorrilla
¿Existió o fue el sueño delirante de una ciudad nevada?
Las palabras que dije
se deshicieron en el aire como un mandala inacabado.

(Extraído de Mácula, Martín López-Vega, ediciones DVD)