Parias de este mundo
Las irreversibles migraciones internacionales son una de las temáticas de estos tiempos. Y las desigualdades económicas su principal motor. Las sociedades, cada vez más plurales, se ven obligadas en este contexto a plantearse el valor de la vida y la convivencia intercultural.
Por Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es

Es preciso Alain Touraine en la introducción de ¿Podremos vivir Juntos? cuando responde
indudablemente: «ya vivimos juntos». Es decir, no se trata de una opción sino de un fenómeno irreversible, concreto y tangible: habitamos un mundo donde las distancias (físicas y simbólicas) parecen acortarse por múltiples factores.
Es cotidiano vestir una prenda de una marca norteamericana confeccionada en Taiwán y adquirida en unas vacaciones por Alemania; o ver (sobre todo esto: ver) la asunción de un presidente latinoamericano a pocas horas del acto desde el sillón de casa; o recibir en directo imágenes de cómo hurgan entre los restos de un avión estrellado hace pocas horas en un país asiático, en tanto se espera que arribe al chat algún pariente que reside a miles de kilómetros.
Igual de factibles son imágenes como éstas: el levantamiento de una fábrica de capital internacional dejando a miles de trabajadores en la calle porque las políticas del país tercermundista que la alojaban no han recibido el beneplácito de los mercados, ante la impotencia de un Estado preso de un exceso de libertades económicas; o la invasión simbólica a través de los medios de comunicación de los países ricos (especialmente Estados Unidos) hacia el resto; o, finalmente, el desplazamiento desesperado de miles de personas que viajan de un lado a otro del planeta para buscar una mejor vida (lo que muchas veces se traduce en cubrir las necesidades básicas).
Aunque la información estadística existente con relación a los movimientos migratorios no resultaría suficiente, es posible apuntar que de los 150 millones de seres humanos (el 2% de la población mundial) que en el año 2000 emigraron de sus países, el 90% lo hizo por razones económicas(1).
Algunos datos a tener en cuenta en este fenómeno: Afecta a casi todo el mundo; los desplazamientos son incitados por las diferencias en el nivel de vida de las personas que los emprenden; las restricciones que los Estados del norte vienen implementando desde la década de los 70 se traduce en el incremento de la cantidad de indocumentados (llamados erróneamente ilegales)(2).
Ateniéndose al factor económico que promueve en gran medida estas migraciones, sería necesario mencionar la desigual distribución de la riqueza que azota al mundo y que se ve reflejada en la gran brecha que separa a los ricos de los pobres: el 1% de la población (unos 50 millones de personas) concentra la misma cantidad de ingresos que los 2.700 millones de seres humanos más pobres. A esto hay que agregar que la riqueza se encuentra acumulada geográficamente; es decir, la capitalizan sólo un grupo de países que maneja las Bolsas, las redes de comunicación, de transportes y que exhibe los índices más altos de esperanza de vida y los más bajos de mortalidad infantil(3).
Frente a esta realidad de desplazamientos masivos en busca de medios de subsistencia, las naciones industrializadas se erizan –como bien lo definió Jacques Decarroy- levantando barreras jurídicas que impiden el ingreso y establecimiento de los que acuden pletóricamente a sus puertas. Paradoja de la globalización: «Los países ricos buscan acabar con los flujos migratorios que tienen a las poblaciones por actores, pero dejan operar a su antojo a los que toman las decisiones de la economía transnacional»(4).
MIGRACIONES E INTERCULTURALIDAD
Pero este fenómeno no despierta pasiones sólo en el plano económico. Lo hace también en el cultural, donde al debate acuden puntos de vista encontrados y no exentos de diferencias conceptuales (Ver en este dossier El mito de la pureza cultural).
Un hecho es ineludible: las sociedades actuales se perfilan cada vez más plurales, y esto, hay que
reiterar, no es una cuestión que se preste a elección, pero cuyo análisis, eso sí, puede enfocarse desde distintas ópticas.
Por ello es inevitable tomar postura tratando de evitar los mitos, las generalizaciones y las estigmatizaciones en un terreno demasiado fértil para tales prácticas. ¿Se podrán articular las diferencias en pro de un bienestar general? Ambiciosa pregunta muy propensa a ser tachada de utópica, y sensible de ser respondida en términos simplistas (tanto por conservadores como por liberales) desde esferas ideológicas que no tienen en cuenta los complejos procesos sociales que intervienen en la convivencia humana.
Y aunque disparador de debate y reflexión, el interrogante sucumbe, en realidad, ante otro más básico pero no por ello menos trascendente y que atañe al fondo mismo de la cuestión: ¿Cuál es el valor que se le asigna a la vida de una persona más allá de su ubicación en el mundo y sus diferencias culturales?
El problema no se plantea en estos términos, quizá porque las necesidades cotidianas (muchas veces artificiales, muchas otras tan reales como básicas) le ganan casi siempre la partida a la razón, agobiada por un sistema en cuya naturaleza radica la lógica de la acumulación sin sentido y las desigualdades sociales. Un sistema que cuenta con un eficaz mecanismo mediático que hace las veces de opio del mundo.
¿Cuál es la causa del rechazo o reticencia que gobiernos, intelectuales y gente de a pie ostentan con respecto a la inmigración? ¿Existe un fundamento cultural, o éste es sólo una pantalla para encubrir un problema que más bien está ligado a la inhumana administración de las riquezas que apuntala el estilo de vida neoliberal?
Giovanni Sartori, importante y no menos polémico intelectual italiano, sostiene que el problema de la inmigración no sólo es «eminentemente no económico sino que es fundamentalmente social y ético-político»(5). Advierte que el extranjero, en relación con el extraño de adentro, manifiesta un plus de diversidades que se pueden clasificar en lingüísticas, de costumbres, religiosas y étnicas.
Las dos primeras, superables, en tanto que las últimas, radicales. En este sentido, afirma que una política migratoria debe distinguir «entre el trigo y la paja» so pena de resultar inútil, lo que, a su entender, sucede en la asediada Europa de la inmigración indiscriminada.
«La crecida de inmigrados –sugiere- no se puede remediar dejándolos entrar». El cómo de la integración dependerá del quién del integrado que a su vez estará supeditado al cuánto.
Una integración del extranjero a lo que él propone como una comunidad pluralista requiere de aquel una aceptación de las reglas de convivencia del anfitrión y que, al mismo tiempo, se dé una tolerancia mutua (recíproca) entre ambos. Sin embargo, cataloga como radicales ciertas diferencias culturales que considera que dificultan la integración.
Es mentira, dice, que Europa acoja inmigrantes porque los necesite: lo hace porque no sabe cómo frenarlos. Y el problema de la inmigración ilegal es que «genera y exacerba las tensiones sociales», por lo cual una inmigración incontrolada es una mala inmigración.
En su opinión la integración es imprescindible para mantener el espíritu de concordia/discordia que caracteriza a las sociedades libres y democráticas que, en caso contrario, se ven amenazadas de caer en la discordia sin concordia. Y entregar ciudadanía, como lo reclaman quienes piden «papeles para todos», no es –señala– sinónimo de integración.
La lectura de Sartori, no puede desconocerse, lleva a abordar el tema de la inmigración con la responsabilidad que se merece y obliga a reflexionar acerca de posibles consecuencias sociales que, quiérase o no, son inevitables (por ejemplo, las posibilidades de capacidad y actuación del sistema sanitario en una población que, ya lejos de las distinciones, va en permanente crecida).
No obstante, el análisis del autor, más allá de la cuestión puramente organizativa de la sociedad, recae en el terreno cultural y en los riesgos que la mezcla indiscriminada tiene para el sistema democrático. Al clasificar a los inmigrantes en grados de integrabilidad, termina englobando bajo cuatro rasgos objetivos, caracterizadores y, por tanto, categorizantes, a la gran masa de personas que antes de pertenecer a comunidades específicas se trata de individuos.
NI ASIMILACIÓN NI COMUNIDADES
Según el etnólogo Denys Cuché, el término «cultura de los inmigrantes» no permite reconocer la diferencia, la particularidad, existente entre el emigrado y sus compatriotas que se quedaron en su país de origen. Es una forma, en realidad, de referirse a la cultura de origen del inmigrante como un todo estático, permanente, que configura identidades igualmente inmutables(6).
Bajo esta óptica, que erradica cualquier posibilidad de cambiar aspectos de la personalidad, el individuo es considerado inasimilable. Obsérvese, por otra parte, que siguiendo esta lógica se quitaría uno mismo posibilidades de cambiar.
Cuché advierte dos errores: «se confunde cultura de origen con cultura nacional [...] las naciones en la actualidad no son culturas homogéneas». Segundo: «los países de donde provienen los inmigrantes por lo general experimentan profundos cambios», al igual que éstos una vez afuera. Por lo tanto –continúa–, la llamada cultura de la identidad es una construcción efectuada por otras culturas a partir de rasgos externos en función de sus intereses y siempre es una definición «parcial y arbitraria».
Por más fiel que permanezca a sus tradiciones, el sistema cultural del emigrante siempre evoluciona, porque es imposible que se mantenga aislado completamente de la influencia del entorno cultural en el que se introdujo. La cultura es el producto de muchas interacciones, hasta tal punto que el término «bricolaje» sirve para señalar la mixtura que tiene lugar cuando se encuentran tipos culturales diferentes y donde sobresale la creatividad de los individuos para hacer coexistir elementos simbólicos supuestamente alejados, de una manera coherente.
«Confeccionar un cuadro único de las culturas de los inmigrantes es irreal ya que sólo existen en plural, en la diversidad de las situaciones y de los modos de relaciones interétnicas», advierte el etnólogo.
¿Pero cómo escapar a las fórmulas opuestas (pero igualmente rígidas, esencialistas e irreales temporalmente), de la asimilación total de la cultura anfitriona por parte del recién llegado o, su contraria, la de la sectorización comunitaria propuesta por el multiculturalismo? (ver Multiculturalismo y diversidad en este dossier)
Para Alain Touraine esto es posible cuando se da una combinación entre «la unidad de la estructura social con la pluralidad de las pertenencias y las referencias culturales», lo cual quiere decir vivir y trabajar juntos al tiempo de reconocer las diferencias culturales.
La descomunitarización es en este orden imprescindible, involucrando también a la colectividad anfitriona, y la comunicación intercultural debe ser el pilar de las democracias actuales: «En un mundo en movimiento, la obsesión por las esencias, las tradiciones y los absolutos no pueden generar más que decadencia cultural»(7).
A estas alturas no hay dudas en cuanto a que no existen razas en el sentido biológico, como muchos arguyeron a lo largo de la historia, y que el homo sapiens es una especie migradora y mestiza por naturaleza, consistiendo sus diferencias físicas en adaptaciones fisiológicas al medio ambiente: el origen del hombre estaría en Africa(8).
Fernando Fernández Buey se refiere a la conciencia de especie como la «configuración culturalmente elaborada de la pertenencia de todos y cada uno de los seres humanos a la especie Sapiens Sapiens...».
Frente a las crisis que enfrenta la humanidad (no sin responsabilidades de su parte), y que tiene al desastre ecológico y la hambruna como corolarios, es necesario generar en las relaciones sociales, incluso en las más inmediatas, esa conciencia y sobreponerla a las posturas ideológicas (ya sean
conservadoras o liberales) de la cultura.
Porque su formulación obliga, de partida, a reflexionar sobre el mundo que se quiere. Un mundo donde esa gran porción de seres humanos que deambula como parias en busca de una vida digna, lejos de ser una plaga (como la pretenden presentar los discursos dicotómicos) son un síntoma de la injusticia generada por un sistema perverso.
El derecho a vivir con dignidad es innato a la vida, y la subsistencia la única necesidad que, por lo menos desde un punto de vista humano, no puede cuestionarse. Guste o no, los parias seguirán deambulando.

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